No voy a pedalear hoy

sombra bici

CUENTO FINALISTA EN EL CERTAMEN DE RELATO CORTO DE CIENCIA FICCIÓN LITERATRÓN

-No voy a pedalear hoy –jadeó Elías cuando la aurora se filtró por la diminuta y ovalada ventana.
-Te van a matar –replicó Rita, su esposa.
-Que me maten; con esta vida, ya estoy muerto. No vayas tú tampoco.

Elías, fastidiado del Sistema, tenía resuelto no ir al hangar; no le importaba pagar las consecuencias. Ya no. Ese día no.

Rita abrió sus castaños ojos, con las pupilas desorbitadas. -¿Estás loco? Estamos a punto de tener un hijo, ¿quieres que nos maten?
-Sí. No tenemos nada bueno que ofrecerle a una nueva vida, en esta mísera vida.
-Nuestro amor, nuestro ejemplo. La esperanza de que un día esta esfera sea mejor. Trascenderemos a través de él –la voz de Rita sonaba implorante.
-Despierta, Rita. Deja de pensar en esa tonta utopía con la que sueñas; nunca llegará. Llevamos años luchando y lo que único que obtenemos es mierda. Los humanoides que pueden vivir bien son los que están dentro del Sistema, pero nosotros, estamos jodidos. ¡Jo-di-dos!
-Elías, nos han prometido que serán sólo seis meses más pedaleando, y entonces, seremos libres. Falta muy poco para que las máquinas se operen solas y no dependan de nosotros para crear la energía.
-¿Seis meses? ¿Y tú te crees esa guarrada? Nos tienen idiotizados con lo que transmiten en las pantallas mientras pedaleamos. Doce horas sobre una bicicleta estacionaria creando la energía de la esfera. ¡Doce horas, siete días a la semana, Rita!
-Somos afortunados de no habernos extinguido ya. Quedamos pocos, y si estamos aquí, por algo es. Sorteamos la guerra nuclear, los virus, la polución, las huestes. ¡Tenemos que confiar!

Rita se dejó caer en el filo de la cama; algunos resortes oscilaron. Las sábanas percudidas y roídas cubrían los agujeros que dejaban ver el hule espuma del colchón colmado de cardenillo y moho.

Sigue leyendo

Anuncios

Apetito callejero

santa muerte

Hambrientos clientes se empujaban para llegar al letrero que decía: Ordene Aquí. Los olores de las burbujas de grasa que tamborileaban al dorar las tortillas de maíz empapaban el ambiente avivando el apetito callejero.

-Deme una orden con salsa roja, don Mario.
-A mí póngame dos y dos.
-Para llevar, écheme uno de cada uno.
-Eh, don Mario, yo llegué primero: sírvame cinco.

El taquero no se daba abasto con los asiduos que cada mañana se aglomeraban en su changarro. Un viejo carrito blanco, despintado, con una madera que hacía las veces de mesa, y seis bancos azules, era el negocio que más dinero le había dejado a don Mario en toda su vida. Fue carpintero, lava coches, traga fuegos, ayudante de albañil, vendedor de estampitas de la Santa Muerte, y estaba ya harto de no salir de la podredumbre.

El Fito llevaba años con su puesto de tacos en Dolores Ladrón de Guevara esquina con Doblado. Tenía sus clientecitos, contados, pero fieles. Muy a penas salía tablas. A don Mario se le ocurrió montar su taquería en frente de la de él. Le robó a sus consumidores; ya ni las moscas se paraban en los tacos del Fito. Ese negocio honesto que le daba para mantener a su familia estaba en quiebra por culpa de su nuevo vecino.

En un mes, al Fito se le acabaron los ahorros. Vendió su volquete como chatarra y empeñó algunos enseres domésticos. Su esposa cocinaba afuera, sobre un cochambroso comal, en el patio de su humilde casa.
-Pinche Fito, nos tienes bien jodidos, cabrón –le recriminó la China mientras le lavaba las manos a la niña vertiéndole agua con un vaso de Los Tigres.
La mirada de su mujer traslucía un endemoniado coraje. El Fito podía sentir sus bofetadas, aunque no lo tocara.
-¿Y qué quieres que haga, pues? Don Mario me bajó el jale. Además, tus guisos no eran tan buenos; nunca tuvimos ni la tercera parte de la gente que tiene don Mario.
-¡No te atrevas a echarle la culpa a mis guisos, hijo de la fregada!

Sigue leyendo