Un nuevo lunar

lunar copia

Norma se sorprendió al ver en la pantalla de su celular el nombre de su hermana. Sólo hablaban en Navidad o para felicitarse el día de su cumpleaños. Ya sea que Lisa telefoneara a Norma, o viceversa; pero fuera de esas dos veces en el año, casi nunca hablaban y, ese día, era un día cualquiera.

-¿Lisa?
-Hola, hermana, ¿cómo estás?
-Sorprendida por tu llamada, ¿todo bien?
-Pues… me gustaría verte. ¿Estás en la ciudad o sigues refugiada en esa granja de tercera?
-Sí, Lisa. Sigo en mi granja de tercera, como tú la llamas –respondió Norma con una voz irónica-. ¿O es que había otra alternativa, además de fugarme a escondidas, para que Leandro no terminara matándome?
-Ay, hermana, cómo me gustaría que el destino que mamá eligió para ti hubiera sido otro.
-A mí también, pero ya ves. Se aferró a casarnos con hombres adinerados que estuvieran a nuestra altura y mira lo que me salió en la tómbola: un borracho y golpeador empedernido. En cambio a ti, la suerte te sonrió, Lisa.
-Sí, no me puedo quejar; Carlos es un gran hombre y no me va nada mal.
-Pareciera que siempre fuiste la consentida no sólo de mamá, sino del universo. ¿Cuáles son tus problemas? ¿Decidir si vas de compras a Nueva York o a Milán? ¡Qué dilema! Mientras, yo tengo que resolver si ordeño a la vaca pinta, voy por los huevos al gallinero o…
-Me gustaría verte –interrumpió Lisa de manera intempestiva.
-¿Y eso?
-Necesito verte –esta ocasión Lisa fue más enfática.
-Claro, hermana; pero ya sabes que es complicado para mí ir a la ciudad. Si alguien le avisa a Leandro que estoy ahí, no la cuento.
-No te apures, yo iré.
-¿Tú? ¿En mi granja de tercera? –Norma dejó escapar una sonora carcajada antes de continuar-: Ay, chula, pues nada más no te vengas en tacones ni traigas tus mejores atavíos porque ya sabes que aquí lo único que hay es estiércol.
-Lo sé –la voz de Lisa se oía lastimosa y triste.
-¿Pasa algo grave?
-Ya te lo diré cuando estemos juntas.

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