Absoluta confianza

el mensaje

—Encontré su mensaje en la puerta de mi automóvil. Necesito de sus servicios.
—Muy bien, ¿ya los tiene listos?
—Así es. Pero voy a requerir que algunos queden fijos con cinta.
—Aumentaría el costo, doña.
—¿A cuánto ascendería?
—Mil más.
—Está bien, tengo el presupuesto necesario. Lo importante es contar con alguien que los distribuya.
—Cuente conmigo, jefa. ¿En qué zona sería la entrega? Si es en diferentes zonas, el precio es más elevado.
—Unos en la colonia Lomas y otros en Pedregal.
—Tendría que aumentarle mil más.
—Ya le dije que el dinero no es problema.
—¿Pa´ cuándo quiere el trabajito terminado?
—La mitad el sábado y la otra mitad el domingo.
—Auméntele dos mil más, son dos días. Sigue leyendo

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No voy a pedalear hoy

sombra bici

CUENTO FINALISTA EN EL CERTAMEN DE RELATO CORTO DE CIENCIA FICCIÓN LITERATRÓN

-No voy a pedalear hoy –jadeó Elías cuando la aurora se filtró por la diminuta y ovalada ventana.
-Te van a matar –replicó Rita, su esposa.
-Que me maten; con esta vida, ya estoy muerto. No vayas tú tampoco.

Elías, fastidiado del Sistema, tenía resuelto no ir al hangar; no le importaba pagar las consecuencias. Ya no. Ese día no.

Rita abrió sus castaños ojos, con las pupilas desorbitadas. -¿Estás loco? Estamos a punto de tener un hijo, ¿quieres que nos maten?
-Sí. No tenemos nada bueno que ofrecerle a una nueva vida, en esta mísera vida.
-Nuestro amor, nuestro ejemplo. La esperanza de que un día esta esfera sea mejor. Trascenderemos a través de él –la voz de Rita sonaba implorante.
-Despierta, Rita. Deja de pensar en esa tonta utopía con la que sueñas; nunca llegará. Llevamos años luchando y lo que único que obtenemos es mierda. Los humanoides que pueden vivir bien son los que están dentro del Sistema, pero nosotros, estamos jodidos. ¡Jo-di-dos!
-Elías, nos han prometido que serán sólo seis meses más pedaleando, y entonces, seremos libres. Falta muy poco para que las máquinas se operen solas y no dependan de nosotros para crear la energía.
-¿Seis meses? ¿Y tú te crees esa guarrada? Nos tienen idiotizados con lo que transmiten en las pantallas mientras pedaleamos. Doce horas sobre una bicicleta estacionaria creando la energía de la esfera. ¡Doce horas, siete días a la semana, Rita!
-Somos afortunados de no habernos extinguido ya. Quedamos pocos, y si estamos aquí, por algo es. Sorteamos la guerra nuclear, los virus, la polución, las huestes. ¡Tenemos que confiar!

Rita se dejó caer en el filo de la cama; algunos resortes oscilaron. Las sábanas percudidas y roídas cubrían los agujeros que dejaban ver el hule espuma del colchón colmado de cardenillo y moho.

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Apetito callejero

santa muerte

Hambrientos clientes se empujaban para llegar al letrero que decía: Ordene Aquí. Los olores de las burbujas de grasa que tamborileaban al dorar las tortillas de maíz empapaban el ambiente avivando el apetito callejero.

-Deme una orden con salsa roja, don Mario.
-A mí póngame dos y dos.
-Para llevar, écheme uno de cada uno.
-Eh, don Mario, yo llegué primero: sírvame cinco.

El taquero no se daba abasto con los asiduos que cada mañana se aglomeraban en su changarro. Un viejo carrito blanco, despintado, con una madera que hacía las veces de mesa, y seis bancos azules, era el negocio que más dinero le había dejado a don Mario en toda su vida. Fue carpintero, lava coches, traga fuegos, ayudante de albañil, vendedor de estampitas de la Santa Muerte, y estaba ya harto de no salir de la podredumbre.

El Fito llevaba años con su puesto de tacos en Dolores Ladrón de Guevara esquina con Doblado. Tenía sus clientecitos, contados, pero fieles. Muy a penas salía tablas. A don Mario se le ocurrió montar su taquería en frente de la de él. Le robó a sus consumidores; ya ni las moscas se paraban en los tacos del Fito. Ese negocio honesto que le daba para mantener a su familia estaba en quiebra por culpa de su nuevo vecino.

En un mes, al Fito se le acabaron los ahorros. Vendió su volquete como chatarra y empeñó algunos enseres domésticos. Su esposa cocinaba afuera, sobre un cochambroso comal, en el patio de su humilde casa.
-Pinche Fito, nos tienes bien jodidos, cabrón –le recriminó la China mientras le lavaba las manos a la niña vertiéndole agua con un vaso de Los Tigres.
La mirada de su mujer traslucía un endemoniado coraje. El Fito podía sentir sus bofetadas, aunque no lo tocara.
-¿Y qué quieres que haga, pues? Don Mario me bajó el jale. Además, tus guisos no eran tan buenos; nunca tuvimos ni la tercera parte de la gente que tiene don Mario.
-¡No te atrevas a echarle la culpa a mis guisos, hijo de la fregada!

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Lectura de almas

lectura almas

Las imágenes se tomaban en tiempo real, pero capturaban la vida futura de las almas retratadas.

Daphne sabía, a través de sus fotografías, en qué o en quién reencarnarían sus compañeros de vida, en la vida siguiente. No le gustaba hacer uso de esa información, ella misma le tenía respeto a lo que descubriría y, más aun, a lo que podría hacer con ello.

Sabía que su hermano menor reencarnaría en un androide de cuatro patas que fungiría como mascota de una adinerada familia; al menos tendría espacio para jugar a la pelota. Su padre sería el líder de una nueva nación que se erigiría para fomentar el humanitarismo y la equidad social, a pesar de los avances tecnológicos en el año 2356. Su abuela descendería a sirvienta robótica de un asilo de ancianos atendido únicamente por entes mecánicos; y así… de cada persona de la que capturaba una fotografía, tenía la capacidad de ver, a través de la imagen, su próspera o miserable vida futura.
No se atrevía a ver en qué o en quién reencarnaría ella. Vivía su vida lo mejor posible para ascender a la etapa sucesiva. Estaba consciente que si cumplía con las normas de su sociedad, reencarnaría en alguien mejor y, en dos o tres vidas más, ya no tendría necesidad de regresar al orbe: formaría parte de los seres superiores que emiten radiaciones para alumbrar el planeta. Así era Daphne: una soñadora que empalagaba con su buena voluntad.

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Un nuevo lunar

lunar copia

Norma se sorprendió al ver en la pantalla de su celular el nombre de su hermana. Sólo hablaban en Navidad o para felicitarse el día de su cumpleaños. Ya sea que Lisa telefoneara a Norma, o viceversa; pero fuera de esas dos veces en el año, casi nunca hablaban y, ese día, era un día cualquiera.

-¿Lisa?
-Hola, hermana, ¿cómo estás?
-Sorprendida por tu llamada, ¿todo bien?
-Pues… me gustaría verte. ¿Estás en la ciudad o sigues refugiada en esa granja de tercera?
-Sí, Lisa. Sigo en mi granja de tercera, como tú la llamas –respondió Norma con una voz irónica-. ¿O es que había otra alternativa, además de fugarme a escondidas, para que Leandro no terminara matándome?
-Ay, hermana, cómo me gustaría que el destino que mamá eligió para ti hubiera sido otro.
-A mí también, pero ya ves. Se aferró a casarnos con hombres adinerados que estuvieran a nuestra altura y mira lo que me salió en la tómbola: un borracho y golpeador empedernido. En cambio a ti, la suerte te sonrió, Lisa.
-Sí, no me puedo quejar; Carlos es un gran hombre y no me va nada mal.
-Pareciera que siempre fuiste la consentida no sólo de mamá, sino del universo. ¿Cuáles son tus problemas? ¿Decidir si vas de compras a Nueva York o a Milán? ¡Qué dilema! Mientras, yo tengo que resolver si ordeño a la vaca pinta, voy por los huevos al gallinero o…
-Me gustaría verte –interrumpió Lisa de manera intempestiva.
-¿Y eso?
-Necesito verte –esta ocasión Lisa fue más enfática.
-Claro, hermana; pero ya sabes que es complicado para mí ir a la ciudad. Si alguien le avisa a Leandro que estoy ahí, no la cuento.
-No te apures, yo iré.
-¿Tú? ¿En mi granja de tercera? –Norma dejó escapar una sonora carcajada antes de continuar-: Ay, chula, pues nada más no te vengas en tacones ni traigas tus mejores atavíos porque ya sabes que aquí lo único que hay es estiércol.
-Lo sé –la voz de Lisa se oía lastimosa y triste.
-¿Pasa algo grave?
-Ya te lo diré cuando estemos juntas.

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En el bar de al lado

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(No apto para mochos ni persignados. No está tan hardcore; pero que no digan que no avisé).

Las bocanadas de humo le irritaron los ojos haciéndola voltear. Pensó que se trataría de algún hombre gordo en busca de placer; pero no, se quedó pasmada ante lo que se encontraba a tan solo dos metros de ella.

Se llevaba el cigarro a la boca con tal exquisitez que, aunque ella no fumaba, se le antojó inhalar el humo que salía de esa boca pintada de rosa. Los guantes de seda negra, que le llegaban hasta los codos, con seguridad estaban impregnados del fétido aroma que deja el cigarro en la ropa; pero las pulseras imitación perla, sobre los guantes, lo compensaba.
Un sombrero negro de fieltro cubría su negra y lacia cabellera que le llegaba hasta los hombros, dándole un aire misterioso que más la atrajo. El corsé rosa fucsia hacía ver más estrecha su cintura y desbordaba sus redondos senos. Las piernas parecían más largas gracias a los tacones de aguja y a las medias de red que traslucían la piel tersa de sus muslos. Entre el corsé y las medias, una diminuta pieza de tela negra cubría su pubis.

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