Absoluta confianza

el mensaje

—Encontré su mensaje en la puerta de mi automóvil. Necesito de sus servicios.
—Muy bien, ¿ya los tiene listos?
—Así es. Pero voy a requerir que algunos queden fijos con cinta.
—Aumentaría el costo, doña.
—¿A cuánto ascendería?
—Mil más.
—Está bien, tengo el presupuesto necesario. Lo importante es contar con alguien que los distribuya.
—Cuente conmigo, jefa. ¿En qué zona sería la entrega? Si es en diferentes zonas, el precio es más elevado.
—Unos en la colonia Lomas y otros en Pedregal.
—Tendría que aumentarle mil más.
—Ya le dije que el dinero no es problema.
—¿Pa´ cuándo quiere el trabajito terminado?
—La mitad el sábado y la otra mitad el domingo.
—Auméntele dos mil más, son dos días.

—De acuerdo, pero de esas dos mitades, algunos volantes deberán ser repartidos en la mañana y otros en la tarde.
—Mil quinientos más, jefa.
—¿Me quiere usted ver la cara?
—¿No dice que el varo no es problema?
—Y su mensaje, ¿no dice: “seriedad y profesionalismo”?
—Y así será, doñita. No se esponje.
—¡Olvídelo! ¡Es usted un oportunista!
—¡No! ¡No! Bájele los mil quinientos del final, pues; pa´ que vea que me interesa la chamba.
—No estoy interesada en tratar con una persona que se quiere aprovechar.
—¡Pérese, doña! Le voy a hacer un descuento. Bájele los otros dos mil de los dos días.
—Fue un error haberle dicho que no había problema con el dinero. Desde ese momento me vio el signo de pesos en la cara.
—Oooottttssss, pos si ni la estoy viendo. Ya estaba cuajado el bisné.
—Ya le dije que se olvide, muchas gracias.
—¡No cuelgue, doñita! Pa´ que vea que soy de fiar, que quede en el presupuesto que usté vio en el mensaje que le dejé en su carro.
—Entonces, ¿me va a respetar el precio inicial? ¿Con el que usted se anuncia?
—Pos sí. Dígame a dónde paso por ellos.
—Se los mandaré a la dirección que viene en su mensaje. Mañana antes del medio día ya los tendrá con usted, junto con el dinero acordado. Espero que haga bien el trabajo.
—Verá que sí, jefa.

—Prepárate carnal. Mañana viene el chalán de una clienta de lana a entregarnos una chambita.
—¿Quieres que me prepare pa´ que un chalán me entregue unos volantes? No, pos tá bueno. Me voy a bañar y a vestir acá muy nais.
—¡No seas pendejo! Pinta pa´ que sea una chamba gorda. Yo los recibo. Tú estáte buzo pa´ que lo sigas. De seguro va a venir el chofirete de una doñita de esas de sociedá. No te vayas a perder, cabrón. Lo sigues hasta la casa de la jefa, anotas la dirección y te memorizas la ruta. Voy a avisarle al Roger que se prepare a la banda. Pinche vieja la que le espera; por garruña, ahora le vamos a sacar una lanota.

—¿Bola?
—¿Greñas?
—¡¿Qué rollo, Bolita?! Por poco y no te reconozco. Tan emperifollado y así con la barba toda arregladita como si jueras´ir a una boda, ¿quién te viera?
—¡Eeessseee Greñas! No me imaginé que ahora andabas de repartidor de volantes. ¡Ven acá! ¡Dame un abrazo, compadre! ¿Y tu carnal?
—N´ombre, ya estaba subido en la troca listo pa´ seguirte. Deja le hablo: ¡Carnal! ¡Carnal! ¡Bájate, es el Bola!
—¡Ah, piiiinche Bola! No te reconocí. Con esa pinta de chofirete de la jai laif hasta pareces decente. ¡Mira nomás! Y nosotros que andábanos preparando a la banda pa´ chingarnos a tu patrona.
—¡No, mijos! Pos entonces les caí de perlas. Cuenten conmigo pa´l bisné. Les pongo a la patrona en bandeja de plata.
—¡Eso es todo mi Bolita! ¡No esperábanos menos de ti! Sabemos que eres de los nuestros, compa.
—Don Antonio, el patrón, tiene harta lana. Segurito les bajamos unos quince melones.
—Cuando menos. Hasta por teléfono huele a billete la señorona.
—¿Entonces? ¿Cómo vamos a repartir la piñata?
—¿Cómo la ves, Greñas? Aquí don trucutrú de la jai laif, alias el Bola, todavía no hace el jale y ya quiere saber cuánta lana se va a meter al bolsillo.
—El Bola no da paso sin huarache, carnal; como si no lo conociéramos. No, pos un diez por ciento de la tajada. Ya la banda se apuntó. No alcanzaría pa´ todos.
—¿Diez por ciento? N´ombre, compadres, están soñando. Yo soy el que les va a entregar a la patrona. Estoy arriesgando mi chamba.
—Sí, güey; pero ubícate, sin nosotros no la haces. Nos necesitas, vato.
—Treinta por ciento.
—Veinticinco.
—Ta´ bueno. Pero me le tapan bien los ojos y me la ponen de espaldas, porque me la voy a echar. ¡Le traigo unas ganas!
—¡Piiiinche Bola, no has cambiado!
—¡Y nadie más le pone un dedo encima, cabrones! La vieja sale ilesa cuando el don Antonio pague el rescate. Va a seguir siendo mi patrona. Eso sí: me van a tener que dar unos madrazos pa´ que el patrón crea que me la arrebataron y que estuvo bueno el round. Hasta le dan unos balazos al Mercedes, ahí de pasada.
—Cuenta con eso, mi Bolita. Aquí el Greñas se pinta solo pa´ los trancazos y le gusta rete harto echar plomo: igualito que a ti. Nomás no te vaya a fallar el tiro y le vayas a dar piso al Bola, carnal.
—Oye, carnal, ¿ya vistes lo que la vieja quiere que repártanos? “Se busca a Max, habrá recompensa”.
—¿Fuiste tú, pinche Bola?
—Pobres de ustedes donde suelten la sopa. Ese jale sí me lo reventé yo solo. La recompensa seguirá siendo pa´ miguelito. Hasta croquetas de lujo le tuve que comprar al firulais ese.
—¡Piiiinche Bola! ¿Cómo la ves, carnal? Muy relamido y muy de barba arregladita haciéndola de chofirete leal; pero en el fondo, sigue siendo el mismo diablo.
—¡No, compadres! ¡Pa´ que les quede claro, no soy el chofer! Soy su protector, su escolta, el mero mero guardaespaldas de la señora Bejarano. ¡Así es que me la respetan! La vida de la patrona depende de mí; la tengo que cuidar: me tiene absoluta confianza.

© Helga Valdés, 2015

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