Apetito callejero

santa muerte

Hambrientos clientes se empujaban para llegar al letrero que decía: Ordene Aquí. Los olores de las burbujas de grasa que tamborileaban al dorar las tortillas de maíz empapaban el ambiente avivando el apetito callejero.

-Deme una orden con salsa roja, don Mario.
-A mí póngame dos y dos.
-Para llevar, écheme uno de cada uno.
-Eh, don Mario, yo llegué primero: sírvame cinco.

El taquero no se daba abasto con los asiduos que cada mañana se aglomeraban en su changarro. Un viejo carrito blanco, despintado, con una madera que hacía las veces de mesa, y seis bancos azules, era el negocio que más dinero le había dejado a don Mario en toda su vida. Fue carpintero, lava coches, traga fuegos, ayudante de albañil, vendedor de estampitas de la Santa Muerte, y estaba ya harto de no salir de la podredumbre.

El Fito llevaba años con su puesto de tacos en Dolores Ladrón de Guevara esquina con Doblado. Tenía sus clientecitos, contados, pero fieles. Muy a penas salía tablas. A don Mario se le ocurrió montar su taquería en frente de la de él. Le robó a sus consumidores; ya ni las moscas se paraban en los tacos del Fito. Ese negocio honesto que le daba para mantener a su familia estaba en quiebra por culpa de su nuevo vecino.

En un mes, al Fito se le acabaron los ahorros. Vendió su volquete como chatarra y empeñó algunos enseres domésticos. Su esposa cocinaba afuera, sobre un cochambroso comal, en el patio de su humilde casa.
-Pinche Fito, nos tienes bien jodidos, cabrón –le recriminó la China mientras le lavaba las manos a la niña vertiéndole agua con un vaso de Los Tigres.
La mirada de su mujer traslucía un endemoniado coraje. El Fito podía sentir sus bofetadas, aunque no lo tocara.
-¿Y qué quieres que haga, pues? Don Mario me bajó el jale. Además, tus guisos no eran tan buenos; nunca tuvimos ni la tercera parte de la gente que tiene don Mario.
-¡No te atrevas a echarle la culpa a mis guisos, hijo de la fregada!

La China dejó a su hija, tomó un cuchillo que estaba sobre la mesa y, con saña, lo empujó contra la pared. El Fito se golpeó la cabeza con la esquina de un portarretratos que sostenía la foto del día de su boda, cinco años atrás. Sintió un líquido espeso y caliente escurriendo por la sien. Tocó su cabeza calva y su mano se tornó color granate. Más se enardeció. Descolgó el marco y lo estrelló en el suelo. Un espectro cenizo salió del cuadro y se disolvió en el techo de la mísera cocina. Como si hubieran estado encarcelados durante un lustro, dos demonios volaron al romperse el cristal que protegía la imagen y observaron la escena con gesto de burla. El Fito se agachó con celeridad zafándose de la China. Agarró un pedazo de vidrio, se levantó y su voz estalló:
-¡Guisandera de cuarta! ¡Atrévete a tocarme con ese cuchillo y te desangro!
-Sálgase pa´fuera, mija –le dijo la mujer a la niña, quien huyó despavorida y con los ojos vitrificados hacia la calle-. ¡Mira el chiquero en el que nos tienes viviendo! ¡Migajas, mugrientas migajas es lo único que hay!

Los demonios se apiñaron en la densidad del ambiente. El espectro cenizo los envolvió y, por unos instantes, entre los tres tomaron forma de Apollyon. La mujer bajó el filoso metal y se llevó la mano izquierda al rostro. Se despejó los mechones de cabello crespo, colmado de orzuela, que se habían salido de su peinado maltrecho.
Nada más poderoso con lo que el Fito bajara la guardia que ver a su señora tocándose el pelo. Desde los veintisiete años él comenzó a sufrir de alopecia. A los treinta y tres se rapó, quedándole al descubierto una prominente cicatriz gracias a un pleito de vecindad. Envidiaba a todo el que tuviera hebras en la cabeza. Eso fue lo que más le había gustado de la China: su cabello.
El Fito soltó el vidrio y se acercó a ella; la sujetó con violencia y la sentó en la mesa de madera sobre la cual su mujer terminó por dejar el arma blanca. Le subió el vestido amarillo mostaza, le abrió las piernas con brusquedad, se bajó la bragueta del pantalón y, en menos de un minuto, pasaron de casi matarse a estar fusionados mediante un pedazo de carne.
Los dos demonios y el espectro se acomodaron en un sillón enmohecido a ver el primitivo espectáculo; se cristalizaron en Asmodeo.

-Con esto no me vas a quitar el hambre, Fito machito –increpó la hembra entre gemidos ahogados.
La silueta del demonio de la lujuria se desintegró. Uno de los entes escapó a través de la misma puerta por la que salió la niña y que estaba entreabierta. El espectro se coloreó de magenta envolviendo al Fito.
-Te prometo que todo va a cambiar, mi Chinita. Nos va a ir mejor que antes, vas a ver, reinita, vas a…
El Fito no terminó la frase. El otro demonio se escurrió al patio y se disipó entre las cenizas de los leños que se enardecieron atizando el fuego bajo el comal. Anaranjadas chispas emergieron perdiéndose con la luz del medio día.

A las tres de la mañana el Fito se levantó del catre. La China pensó que iría a buscar a la niña, quien no había regresado desde que le ordenaron que saliera de la casa.
-¿Vas a seguir buscando a Lety? Está muy peligroso allá afuera; espérate a que amanezca y vamos a la policía y al Canal Doce.
-Voy a recuperar mi chamba, como te lo prometí, reinita.

-¿Qué te pasa, Fito? ¿Cómo entraste?
-Sssshhhh.
El Fito sacó a don Mario de su casa cargándolo con sus corpulentos brazos ensanchados por el box. Caminó entre la oscuridad hacia el final del callejón, ese angostillo lóbrego y abandonado que sólo tenía de útil dos contenedores para la basura. Don Mario trataba en vano de escapar, el Fito era mucho más alto, joven y pesado que él.
-Ahora sí, diga todo lo que quiera, don Marito. Aproveche ahora que puede.
-¿Qué tienes, Fito? ¡Yo no te hice nada!
-¿Después de que me robó mi esquina me pregunta que qué me pasa? –lo tumbó en el suelo y lo aporreó sin clemencia. Don Mario se encogió y salió sangre de su boca.
-¡Era mi esquina!
Patada.
-¡Con mis tacos!
Patada
-¡Con mis clientes!
Patada.
-¿No pudo poner otro pinche negocio? ¡No! ¡Puso tacos! Me dejó en la ruina y mi vieja casi me mata porque no hay ni pa´ comer. ¿Y todavía me pregunta que qué me pasa?
-¡Espérate, hay mercado para todos! Vamos a asociarnos –contestó muy apenas, con la voz entrecortada.
-¡Socios mis huevos, y ni se hablan! Va a pagarla caro, Marito.

Después de arrodillarse y sacar el cuchillo con el que su esposa lo había amenazado, el Fito le abrió el estómago dibujando una cruz roja en el centro. Agarró un pedazo de piel y lo jaló, desgarrándolo. Aturdían los gritos de don Mario. Las casas adyacentes de seguro oían aquellos aullidos plañideros; pero nadie, ni la policía, se atrevía a entrar a ese umbroso callejón.
Dos gatos negros huyeron erizados de entre la basura. El espectro apareció en el aire con un tono encarnado casi neón. Una rata cruzó de un contenedor a otro.
El ejecutor sacó las tripas ensangrentadas, hasta eso, con sutileza. Le bajó el pantalón de gabardina y le arrancó la trusa. Un demonio brotó flotando hacia la parte final del callizo. Le agarró los testículos y los cortó desde donde inicia el escroto.
-¡Yaaaaaaaa! ¡Yaaaaaaa, por favooooor!

Don Mario estaba por perder la conciencia. Una capa negra cubrió al demonio. El Fito colocó las criadillas al lado del intestino y se le puso de frente, cara a cara. Le habló quedito:
-Ah, no, compita, ahora se aguanta: por gandalla.
Un espíritu maligno salió de la boca del Fito. Al unirse al espectro y al otro demonio, debajo la capa negra, tomaron forma de la Santísima Muerte. Cogió a don Mario del pelo y se lo sobó. Acarició esos filamentos que tanta envidia le provocaban. Sacó unas tijeras que llevaba en una mochila de Barney, y cortó, con mucho cuidado, el pelo oscuro de su víctima. Trozaba con la mano derecha; con la izquierda tomaba los cabellos y los iba colocando dentro de un frasco transparente. Dejó a su rival como si lo hubiera mordido un burro. Cerró el recipiente y lo guardó en la mochila morada. Volvió a agarrar la hoja de acero y le cortó la piel por un lado de la oreja, continuando por todo el perímetro del cráneo. Mario ya no estaba consciente, pero aún respiraba.
-¡Despiértese, cabrón! –le gritó el Fito en la oreja izquierda antes de lamerla. Empezó por el lóbulo, subió la lengua por el Antitrago, pasó por la Concha, llegó a la Fosa Triangular y terminó por morder la Hélice arrancándola con los dientes. Escurría sangre de la boca del asesino emergente. Don Mario parpadeó dos veces antes de cerrar de nuevo los ojos.
Terminó por destazarlo y repartió los pocos restos de piel inservible entre los dos contenedores.
-Será el manjar de las ratas, colega –masculló antes de retirarse.

Al siguiente día los clientes de don Mario se desconcertaron. El changarro estaba cerrado.
-¿Y´ora?
-Saaabe.

Dos días más tarde el carro de tacos mañaneros operaba con diferentes bríos. El Fito le dio una manita de gato con el dinero que don Mario guardaba en su casa. Lo encontró cuando regresó para hacer el mismo procedimiento con el resto de su familia, miembro por miembro, en aquel oscuro callejón velado por demonios.
Era como si el negocio tuviera una nueva administración. Colocó una madera más grande, barnizada, y los bancos azules los sustituyó por otros más cómodos en color morado. Lo único que conservó tal cual fue ese característico letrero de: Ordene Aquí, que sostenía por el reverso una imagen de la Santa Muerte. El frasco con cabellos de diferentes colores y tamaños tuvo su lugar al lado del tanque de gas que calentaba el disco para freír las tortillas y las cacerolas con los cocidos.

-Dame dos de tripitas, uno de sesos y otro de cachete.
-A mí ponme dos de machito, dos de lengua y uno de ojo.
-¿Ya también hay de chamorro?
-Claro, ya hay más variedad –contestó el Fito, quien se esmeró en escribir el menú en una pizarra y en formalizar el nombre del negocio con un rótulo negro y letras blancas: Tacos de Don Mario y Compañía.

© Helga Valdés, 2015

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7 comentarios en “Apetito callejero

  1. TBlond dijo:

    Refleja una subcultura de la sociedad mexiana. Los diálogos, la manera en que viven ciertos estratos, la lucha por ganarse el pan día a día. Un relato en donde lo sobrenatural converge con una realidad cruda. Me gustó mucho!!

    Le gusta a 1 persona

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