Lectura de almas

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Las imágenes se tomaban en tiempo real, pero capturaban la vida futura de las almas retratadas.

Daphne sabía, a través de sus fotografías, en qué o en quién reencarnarían sus compañeros de vida, en la vida siguiente. No le gustaba hacer uso de esa información, ella misma le tenía respeto a lo que descubriría y, más aun, a lo que podría hacer con ello.

Sabía que su hermano menor reencarnaría en un androide de cuatro patas que fungiría como mascota de una adinerada familia; al menos tendría espacio para jugar a la pelota. Su padre sería el líder de una nueva nación que se erigiría para fomentar el humanitarismo y la equidad social, a pesar de los avances tecnológicos en el año 2356. Su abuela descendería a sirvienta robótica de un asilo de ancianos atendido únicamente por entes mecánicos; y así… de cada persona de la que capturaba una fotografía, tenía la capacidad de ver, a través de la imagen, su próspera o miserable vida futura.
No se atrevía a ver en qué o en quién reencarnaría ella. Vivía su vida lo mejor posible para ascender a la etapa sucesiva. Estaba consciente que si cumplía con las normas de su sociedad, reencarnaría en alguien mejor y, en dos o tres vidas más, ya no tendría necesidad de regresar al orbe: formaría parte de los seres superiores que emiten radiaciones para alumbrar el planeta. Así era Daphne: una soñadora que empalagaba con su buena voluntad.

Antes de la celebración del Birshma, una invasión de seres animados, creados como experimento por el gobierno de Kratus, se salió de control avasallando la comarca en donde Daphne vivía. Durante cuarenta días el ambiente se tornó caótico. Aquel territorio en el que reinaba la paz y abundaban las personas de buen corazón, fue destruido por error. No quedaban mas que migajas de lo que había sido su casa y el lugar en el que trabajaba. Toda su familia falleció. Ella, para su buena o mala suerte, sobrevivió. Daphne lo llamaba mala suerte, le hubiera gustado haberse muerto para que los méritos logrados fueran tomados en cuenta, y evolucionar. Reencarnar en alguien mejor, más cerca de la superioridad que anhelaba; pero no, el destino decidió dejarla viva a ella y a su cámara fotográfica con la que visualizaba el futuro de las personas retratadas.

La comarca colorida se pintó de gris, sólo tonos claroscuros se percibían. La miseria abundaba. Lo que era una tienda de autoservicio moderna y con alimentos de primera calidad se convirtió en un mercado mezquino con frutas y verduras casi podridas. Las tiendas de ropa fina y de marca eran ahora tendajos que vendían ropa usada de otras comarcas. Todos los sobrevivientes de Kratus coexistían en la pobreza y habían tenido que ingeniárselas, cada uno, a su manera, para obtener algo de dinero y subsistir.
El periódico para el que Daphne trabajaba como fotógrafa también había sucumbido ante la destrucción del territorio. Se quedó sin familia, sin vivienda y sin trabajo. Atesoró más que nunca su cámara.
De su casa rescató un colchón empolvado y algunas sábanas viejas. Consiguió láminas y maderas y levantó una barraca que la resguardaba del frío y del viento nocturno que a veces traía consigo plagas de otras comarcas.

Ante la adversidad, Daphne no tuvo más remedio que utilizar el don que había guardado. Durante el día se iba a la plaza principal a la que acudían numerosos viajeros de acaudalados territorios a visitar Kratus como atracción turística, pues se convirtió en un lugar interesante para todo tipo de visitas que desearan conocer cómo quedaban las comarcas en destrucción. Era, para los paseantes, como visitar las ruinas de algún lugar prehistórico. Ahí, en medio de esa plaza, Daphne, de sol a sol, colocaba una mesa con dos sillas plegables, una sombrilla de colores que le regalaron y un letrero que decía: LECTURA DE ALMAS.

Los turistas, atraídos por la curiosidad y el morbo que les causaba el letrero, así como por la belleza y excentricidad de Daphne, se acercaban a la sombrilla para preguntar en qué consistía dicha actividad. Ella, con una máscara y plumas en la cabeza, que le daban cierto aire de adivina, les explicaba que les tomaría una fotografía digital y que al verla en la pantalla de su cámara obtendría la información de lo que serían en su siguiente vida.

Poco a poco el oficio de Daphne fue cobrando tal popularidad que algunos turistas ya no iban a Kratus a ver las reliquias; sino que iban a visitarla únicamente a ella para conocer en qué o en quién se convertirían una vez fallecidos. Si resultaba que descenderían, la pregunta obligada de los clientes era la siguiente:

-¿Y si enmiendo mis errores y de aquí en adelante soy una buena persona, puedo reencarnar en alguien mejor? ¿Puedo ascender en lugar de descender?
-Probablemente –contestaba Daphne sin saber si eso ocurriría así. Pero le gustaba darles esperanza y que las personas se redimieran. Seguía siendo una soñadora; creía que el mundo podía ser mejor.

Un día, sin mayor importancia que otro, llegó una pareja de una lejana comarca a obtener su lectura de alma. Bordeaban casi los sesenta años y se veían un poco hastiados de la vida. El señor fue el primero en recibir su lectura:
-Usted reencarnará en un dispositivo electrónico que servirá de juguete para los gatos –dijo Daphne al ver la imagen en la pantalla de su cámara. El señor se quedó callado esperando una mejor explicación-. Será como un ratón metálico que las familias comprarán y que los gatos perseguirán para jugar-. El cliente seguía sin entender-. Usted será como el estambre con el que jugaban antes los gatos, pero tendrá forma de ratón y será manejado a través de un control remoto.
El señor soltó un bufido, malhumorado. Tal vez en el fondo sabía que se lo merecía. A leguas se notaba lo mal que trataba a su esposa, quien no hacía mas que intentar agradarle.
-Usted reencarnará en una mujer de Hiluras. Su belleza será extasiante y recibirá grandes bendiciones. Tendrá una linda familia –le dijo a la señora cuando fue su turno a la hora de retratarla.
La clienta sonrió, sabía que merecía una familia mejor.

Durante años, Daphne se dedicó a leer la reencarnación de las almas. Había juntado bastante dinero; pero en el fondo, seguía siendo humilde. Quería ser humilde para ser mayormente recompensada en su vida futura.

-Usted reencarnará en un zar que gobernará Inteclum.
-Usted será un auricular que transmitirá los mensajes de la Agencia Universal del Juicio.
-Usted será una croqueta para perros, se lo comerán y lo defecarán.
-Usted vivirá como un Furby Turbo X5T con alas.
-Usted será un líder de aluminio que tendrá a su cargo hombres mecánicos para operar una empresa interplanetaria.

Y así pasaba Daphne sus días. Los surcos en su rostro eran cada vez más evidentes y las manos se le habían manchado con el paso del tiempo. Su rubia cabellera se comenzaba a encanecer y sus ojos verdes se percibían alicaídos.
Aun así, ella sentía que ayudaba a la gente al darles la opción de que fueran mejores y que, probablemente, con su cambio de actitud, ascenderían en lugar de descender.

-Quiero que me diga en qué parte de Hiluras está mi esposa.
-¿Cómo? –preguntó Daphne confundida, desde su asiento, debajo de su sombrilla de colores.
-Vine hace unos veinte años con mi esposa y usted nos retrató. A mi mujer le dijo que en la siguiente vida sería una mujer de Hiluras y que tendría una familia. Dígame en dónde está, quiero encontrarla.
-¿Su mujer ha fallecido?
-Sí –contestó el hombre con brusquedad.
-Lo siento mucho –el rostro de Daphne se enterneció.
-Yo también –dijo el señor y, bajando la guardia, continuó-. Necesito encontrarla. Necesito pedirle perdón por lo desgraciado que fui con ella. No me di cuenta de lo mucho que la amaba hasta que se me fue.

Daphne lo miraba sorprendida. No sabía qué contestar.

-Ayúdeme a encontrarla. Pasaron años en mi matrimonio sin que yo la mirara a los ojos y le dijera lo mucho que la quería. Sin ella soy nadie. No me puedo perdonar los golpes que le di, las cosas que le dije, lo poco mujer que la hice sentir. Fui un egoísta, un tonto.
El señor se desguanzó en la otra silla llevándose las dos manos hacia la cara. Se talló los ojos que ya habían dejado salir varias lágrimas.

-Querido señor: no puedo saber si su esposa ya volvió a nacer, no puedo ayudarlo.
-Inténtelo, inténtelo por favor. Dígame en dónde está. Necesito verla –el llanto se agudizó. Daphne temió que se fuera a ahogar, era evidente que padecía una grave enfermedad que le impedía respirar con naturalidad.
-¿Hace cuánto que falleció?
-Dieciséis años y, desde entonces, no ha pasado un solo día que no la extrañe, que no me reproche mi mal comportamiento. No ha habido una sola noche que no sueñe con ella. Veo sus ojos llenos de rencor hacia mí, de odio, de repulsión. Necesito que me perdone; no me puedo morir tranquilo si no le digo lo que siento por ella.

Daphne estaba desconcertada, no sabía cómo hacer para hallar a la esposa de ese señor, ella no se dedicaba a eso. Aun así, se le ocurrió que lo más que podía hacer era buscar aquella fotografía en los archivos de su cámara, a través de la fecha, y ver con qué se encontraba.

-¿Cuándo fue que vinieron a verme?
-No sé, no sé, hace unos veinte años, ya le dije –el hombre sacó un pañuelo de la bolsa trasera de su pantalón y comenzó con una tosedera que parecía no tener fin.
-Señor: necesito que haga memoria, lo único que puedo hacer es buscar la imagen de su esposa en mis archivos, no puedo hacer más.
El señor movía su cabeza de un lado hacia el otro, como negando, y trataba de inhalar profundo. Durante la exhalación dijo:
-Era nuestro aniversario, Irina se empeñó en venir a verla a usted, y como regalo, para que dejara de molestar, la traje. Debió de haber sido el quince de agosto de…
-La tengo –interrumpió Daphne-. Aquí está la fotografía de su esposa. Se la mostró al hombre, quien asintió lloriqueando de nuevo.
-¡Sí, es ella! ¡Qué hermosa, con su cabello rizado y sus ojos grises!

Daphne miró la pantalla, concentrada, y la imagen que vio era la de una adolescente envuelta en un vestido de gasa color turquesa, muy típico de las mujeres de Hiluras; se veía sonriente. La fotógrafa se sorprendió de lo que se distinguía en la pantalla. Era la misma mujer que había visto el día que le tomó el retrato a Irina; pero ahora, se veía en una época más reciente. Su tez era aperlada y sus ojos negros y centellantes. Después de unos minutos, Daphne captó que cuando revisara en su cámara la fotografía de alguien que ya había fallecido, los vería en el presente.

-La persona que en la vida pasada fue su mujer debe de tener unos dieciséis años, es bellísima y aún está soltera.
El hombre se quedó pasmado, quiso saber más.
-No sé cómo la pueda encontrar, yo sólo veo en lo que la gente se convierte, no cómo dar con ellos. Le dije que sería de Hiluras porque en la imagen ella aparece vestida como las mujeres de ese lugar. Nadie más viste de esa manera.
-¡Dígame, dígame cómo la puedo reconocer! –imploraba el cliente.
-Busque a una mujer con un vestido color turquesa –atinó a decir la fotógrafa encogiéndose de hombros.
-Debe de haber cientos de ellas. Venga conmigo, acompáñeme, usted sabrá quién es.
Daphne veía al señor tan desesperado, que no se pudo negar. Decidió viajar con él a Hiluras y ayudarlo a encontrar el alma de su fallecida esposa en la adolescente. No sabía qué resultaría de aquella búsqueda; pero resolvió acompañarlo.

Después de cinco horas en una cápsula volátil, llegaron a Hiluras. Recorrieron las calles, entraron a algunas tiendas, caminaron por las plazas, y nada. Tres días llevaban de búsqueda. El señor no perdía la esperanza. Daphne estaba agotada; aunque se estaban hospedando en una buena pensión y comían en buenos refectorios, le cansaba caminar sin parar, pero a él, que estaba muy enfermo y era ya de la tercera edad, no.
De pronto, el color azul turquesa llamó la atención de la fotógrafa. Ahí estaba la muchacha: radiante, bella, sonriente, sosteniendo un ramo de girasoles, como esperando a alguien afuera de una cafetería.
-¡Es ella! –dijo Daphne.
-¿Ella? –preguntó el señor señalando a la joven, con los ojos empañados por las lágrimas.
-Ella.
El hombre se abalanzó sobre la muchacha y la abrazó con tanta ternura que no la hizo sentir incomoda, sino confundida. La joven volteó a ver a Daphne y la mirada que ella le devolvió la tranquilizó. Cuando el señor se separó, la fotógrafa intervino:
-Fuiste su esposa en otra vida y te quiere pedir perdón.
La bella mujer morena abrió sus oscuros ojos sin entender.
-Perdóname, Irina, perdóname por favor. Te amo, te amé siempre, fui un infeliz y me arrepentiré hasta la muerte por la forma en la que te traté. Tú siempre te entregaste a mí, y yo con mis barrabasadas. He venido a decirte que fuiste el amor de mi vida y quiero que sepas lo mucho que me haces falta. No ha pasado un día en que no piense en ti, en que no extrañe tu presencia, ¿me perdonas? –el hombre se arrodilló. Las lágrimas no dejaban de fluir.
La joven lo volteo a ver con misericordia, sus ojos negros se tornaron grises y respondió:
-Te perdono, Anzor –se dio la media vuelta y se fue.
Anzor se quedó hincado, llorando. Con las manos tapó su rostro. Daphne dejó que se desahogara por varios minutos, hasta que le puso la mano sobre el hombro y lo ayudó a ponerse de pie. Se fueron al hotel y cada quien se guardó en su habitación.

Al día siguiente regresarían a Kratus y de ahí, el señor Anzor volvería a su lejana comarca a seguir con su vida solitaria.

Por la mañana, Daphne estaba esperando a Anzor en el restaurante de la pensión, como habían quedado. Después de media hora se comenzó a inquietar, ¿sería que el desgraciado la había dejado ahí sola? Él ya había cumplido con su cometido, ya no la necesitaba. Decidió ir a la habitación de él y tocar. Nadie respondió. Regresó a su cuarto y habló a recepción para verificar si el señor Anzor Morózov había hecho ya el check out.

-No, aún no –contestó la recepcionista.

Daphne no se explicaba qué pasaba. Pensamientos varios se aglomeraron en su mente. De pronto, se le ocurrió revisar la foto del señor, de aquel quince de agosto de hacía veinte años. La encontró. No fue un ratón electrónico lo que le devolvió la pantalla de su cámara, sino un embrión en el vientre de una madre.

 © Helga Valdés, 2014

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