En el bar de al lado

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(No apto para mochos ni persignados. No está tan hardcore; pero que no digan que no avisé).

Las bocanadas de humo le irritaron los ojos haciéndola voltear. Pensó que se trataría de algún hombre gordo en busca de placer; pero no, se quedó pasmada ante lo que se encontraba a tan solo dos metros de ella.

Se llevaba el cigarro a la boca con tal exquisitez que, aunque ella no fumaba, se le antojó inhalar el humo que salía de esa boca pintada de rosa. Los guantes de seda negra, que le llegaban hasta los codos, con seguridad estaban impregnados del fétido aroma que deja el cigarro en la ropa; pero las pulseras imitación perla, sobre los guantes, lo compensaba.
Un sombrero negro de fieltro cubría su negra y lacia cabellera que le llegaba hasta los hombros, dándole un aire misterioso que más la atrajo. El corsé rosa fucsia hacía ver más estrecha su cintura y desbordaba sus redondos senos. Las piernas parecían más largas gracias a los tacones de aguja y a las medias de red que traslucían la piel tersa de sus muslos. Entre el corsé y las medias, una diminuta pieza de tela negra cubría su pubis.

-Ella me gusta –le dijo Ana a Luis sin despegar los ojos de la misteriosa fumadora.
-No es mi tipo.
La mujer se levantó de la silla y se dirigió hacia la puerta del lugar.
-Pero está buena –terminó por aceptar Luis.
-La quiero –externó Ana.
Luis hizo a la mesera un ademán.
-¿Les traigo otra bebida?
-No, gracias, estamos bien. La mujer que estaba sentada en esa mesa, con el sombrero negro, ¿trabaja aquí?
-¿Órlea? Sí, ella es una de nuestras chicas. Es guapa ¿no?
-¿Cuánto cobra?
-Le diré que están interesados en conocerla, si ella acepta, vendrá a platicar con ustedes y les dará la información.

Ana se preguntó si esa sensual mujer estaría dispuesta a “platicar” con ellos. Dudó por unos instantes, pero enseguida se sintió segura. Somos los menos peor de este lugar, pensó, claro que vendrá.
No pasaron tres minutos cuando la mujer entró dirigiéndose hacia ellos. El corazón de Ana palpitó nervioso. Con cada paso sus senos bailaban y sus cadenciosas caderas parecían presuntuosas.

-Hola, me llamo Órlea –saludó con elegancia extendiendo su brazo derecho cubierto por el guante de seda.
-Hola, siéntate –Luis de inmediato le cedió el lugar.
Órlea se sentó e intercambió con la pareja preguntas sosas como: ¿De dónde son? ¿Cuánto tiempo llevas trabajando aquí?, etcétera.
Ana no pudo más, estaba tan excitada de tenerla cerca que interrumpió la tonta plática para apurar el trámite.
-Eres muy guapa –se atrevió a decirle-, ¿te puedo besar?
-Claro –contestó ella, sonriendo de lado.
Ana se tuvo que agachar un poco para no topar con el sombrero. Nunca había besado a otra mujer. Al acercarse percibió un delicioso aroma a perfume fino. Era un olor embriagante. Rozó su boca con la de Órlea y sintió un escalofrío, más se excitó. Albergó su boca fresca, con sabor a menta y disfrutó de su suave lengua. ¿Cómo hacen las putas para oler y saber tan rico?, se preguntó.
-Sabes delicioso.
-Gracias.
-¿Te puedo tocar?
Órlea tomó con sutileza la mano izquierda de Ana y la postró sobre uno de sus muslos. Ana apretó esa labrada pierna cubierta por las medias de red. Luis gozaba del espectáculo.
-Me toca bailar –dijo Órlea.
-Suerte. Desde aquí nos deleitaremos.

La mujer subió a la tarima para mover su cuerpo con exoticidad, al ritmo de la música. Luis ocupó de nueva cuenta la silla.
-Pensé que no te atreverías –le dijo a Ana.
-Pinche vieja, sabe delicioso.
-¿Te gustó?
-Ufff.
Órlea dio algunos giros en el tubo; se enroscó en él como víbora que serpentea saliendo de una canasta al son del flautín. Dejó el conducto de forma fálica y se tiró al suelo para mover sus caderas hacia arriba y hacia abajo como si estuviera sobre un hombre en pleno acto sexual, pero debajo de ella sólo estaba el piso de madera color caoba del escenario. Volteó a ver a Ana y le sonrió con picardía y complicidad. Ana se humedeció aún más. La quería de regreso, la deseaba a su lado.

Después de dos canciones regresó con la pareja. Luis le volvió a ofrecer el asiento. Órlea se abanicaba con la mano el rostro para secar el sudor.
-Me gustó mucho tu baile –le susurró Ana al oído.
-Gracias –la sonrisa permaneció en el rostro de Órlea, dejando ver sus dientes blancos y parejos que hacían un juego exquisito con su recta nariz.

Ana comenzó a acariciarle la espalda. Sus dedos índice y medio se mojaron con el sudor de la bailarina. Subió la mano hacia su cabello negro y se lo acarició. Le tocó el cuello y la besó de nuevo.

-¿Quieres tomar algo? –le preguntó Luis, una vez que su pareja se despegó de la mujer.
-No, gracias, estoy tomando agua –respondió Órlea señalando el vaso de plástico que había colocado sobre la mesa alta. Se paró de la silla y se postró frente a Ana, la tomó de la cintura y la hizo ponerse de pie. Bailaron tocándose, frotándose la una contra la otra.

El lugar se sacudió. Las miradas de los meseros y de los clientes flaquearon ante ellas. Luis sudaba entre excitado y nervioso. No sabía si eso estaba permitido en ese lugar y no quería que algún libidinoso intentara contratar a Ana pensando que también trabajaba ahí, aunque no llevara una vestimenta tan exótica.

-Vámonos –le dijo Luis a Ana, alzando la voz para que sus palabras no se perdieran con la música.
-No quiero –contestó Ana, extasiada.

Órlea bajó el cierre de su corsé y dejó que el pezón de uno de sus pechos se asomara. Tomó las manos de Ana y las colocó en sus senos. Ana acarició esos perfectos pechos mientras la prostituta introducía la mano bajo su mini falda, haciendo la tanga a un lado para dar con su clítoris. Ana nunca se había encendido de esa manera. La sensación que produjo la seda contra su piel fue olímpica y deliciosa. Besó el pezón que salía de la vestimenta de la sensual mujer, lo chupó, lo saboreó mientras sentía un espasmo entre sus piernas. Se olvidó que estaban rodeadas de personas, y de Luis; se metió en el momento, en un ardor en el que sentía ver el manto cósmico.

-Vámonos –insistió Luis poniendo un billete sobre la mesa, al lado del agua de Órlea.
-¿Vas a estar aquí mañana? –preguntó Ana sin todavía sobreponerse. Pasó de besarle el seno, otra vez a sus labios. No se quería despegar de ella. Órlea había introducido uno o dos dedos en la vagina de Ana, después de haberse quitado el guante con la boca; si hubiera querido, no la soltaba.

Esa noche, llegando al hotel, Luis y Ana cogieron divinamente. Ana imitó los movimientos de la puta y ambos saciaron la excitación contenida. Acordaron que al día siguiente regresarían al mismo lugar, y que en esta ocasión harían las cosas bien: contratar un privado.

La siguiente luna pasaron por el lugar y Órlea estaba en la entrada recibiendo a los clientes.

-¿Es ella? –preguntó Ana, dudosa.
-Parece que sí.

Órlea eligió un atuendo muy diferente al del día anterior: cabello recogido, lentes de pasta, un brassiere azul cielo y un calzoncillo blanco de encaje. Sin el corsé y las medias, una pancita resaltaba y la celulitis era evidente.

-Ya no me gustó –dijo Ana-. Vamos a buscar a otra en el bar de al lado.

© Helga Valdés, 2014

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